Columna
Por alguien que sí escucha
En Puebla, la semana pasada nos regaló un espectáculo digno de la tragicomedia política que ya es costumbre en estos tiempos: mientras la ciudadanía clama por lo básico —calles transitables, transporte que no ponga en riesgo la vida, escuelas que no se caigan a pedazos, salarios que no rocen la miseria—, el gobierno estatal decidió dar prioridad a dos leyes que tienen más de parche autoritario que de solución real. ¿Escuchar al pueblo? No. Mejor darle casco y mordaza.
Primero, la Ley de Movilidad, que obliga a repartidores —esos mismos que sobrevivieron la pandemia sobre dos ruedas y con una app como jefe— a portar casco y chaleco con identificación visible. Una medida que, disfrazada de seguridad, huele más a control y a recaudación. ¿En serio creen que el crimen se combate con chalecos fosforescentes? ¿Qué las bandas delictivas se van a detener porque la ley dice que deben identificarse antes de robar? Este tipo de disposiciones, que no funcionaron ni en Colombia ni en Brasil, terminan convertidas en otra excusa para detener, extorsionar y castigar la pobreza.
Porque eso es lo que castiga esta ley: la pobreza. A esa persona que, por necesidad, no por gusto, se sube a una moto porque el transporte público es un riesgo, porque el empleo formal no existe para todos, y porque alimentar a una familia ya no se logra con jornadas de ocho horas. En lugar de resolver las causas, el gobierno etiqueta al motociclista como sospechoso en automático. Se lava las manos con una medida vistosa, pero vacía.
Y si eso no fuera suficiente, llega la Ley de Ciberacoso, que en lugar de proteger, intimida. Una ley que pretende venderse como escudo para víctimas, pero que en su redacción ambigua y peligrosa, abre la puerta a la censura y a la persecución del ciudadano incómodo. Porque claro, ¿qué mejor forma de levantar tu imagen como gobierno que callando las críticas? ¿Qué necesidad hay de gobernar bien si puedes simplemente borrar el descontento?
La ironía es brutal: un gobierno que se autodefine como regenerador, que presume ser del pueblo y para el pueblo, actúa como si le temiera a ese mismo pueblo. Como si escuchar la verdad doliera más que enfrentarla. Como si lo importante no fuera mejorar, sino silenciar.
Puebla no necesita más leyes para controlar al ciudadano. Necesita gobernantes que escuchen. Que bajen del estrado, que suban a un camión a las seis de la mañana, que hablen con los que reparten comida a 40 grados o bajo la lluvia. Que vean la ciudad real, no la que les dibujan en los informes.
Porque un casco no tapa el abandono, ni un chaleco puede con la injusticia. Y una mordaza nunca ha construido democracia.

