La fascinación tecnológica suele ser el analgésico favorito de las narrativas gubernamentales. Mientras el discurso oficial presenta al Olinia —el primer vehículo eléctrico de manufactura mexicana— como la panacea para los males de tránsito en la entidad, voces desde la academia encienden las alarmas: cambiar motores de gasolina por baterías no disuelve el tráfico, no acorta las distancias ni cura las profundas fracturas estructurales de la movilidad en Puebla.
Los especialistas Zeus Moreno Cortés, de la Ibero Puebla, y Octavio Flores Hidalgo, de la UPAEP, coinciden en que el minivehículo —cuyo prototipo fue presentado recientemente por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo— corre el riesgo de convertirse en un problema antes que en una solución si se incentiva como una opción de compra individual. Lejos de desahogar las calles, un auto de bajo costo (estimado desde los 150 mil pesos) podría simplemente inundar un parque vehicular capitalino que ya superaba el millón 160 mil unidades desde el año 2020.
Las advertencias del diagnóstico académico:
- La falacia de la electromovilidad: “Un automóvil eléctrico reduce emisiones, pero jamás va a eliminar los congestionamientos ni va a sustituir al transporte público”, sentencia la academia.
- El riesgo del volumen: Al venderse por debajo de los 150 mil pesos, el Olinia no sustituirá a los autos viejos; se sumará a ellos, saturando aún más el espacio público.
- La verdadera vocación: El proyecto solo tendrá éxito si se usa con lógica comunitaria (renovación de mototaxis y taxis antiguos tipo Tsuru) y no como propiedad particular.
- Zonas de viabilidad: Municipios con trayectos cortos como San Martín Texmelucan, Amozoc, Cuautlancingo y Huauchinango son los candidatos ideales para el modelo de transporte local.
- Propuesta urbana: Se plantea su uso como “cuatriciclos urbanos” de baja velocidad para conectar distancias cortas, por ejemplo, del Zócalo a El Carmen en el Centro Histórico de Puebla.
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El meollo del asunto estriba en no confundir ecología con eficiencia. Flores Hidalgo apunta que el valor del Olinia es innegable como logro de la ingeniería nacional, pero su impacto social será nulo sin políticas públicas que fortalezcan el transporte masivo. La propuesta de los investigadores es virar el timón: en lugar de saturar las agencias de autos, el gobierno poblano debería adquirir estas unidades para transformar los sistemas de transporte comunitario en la periferia y diseñar circuitos de baja velocidad en los primeros cuadros urbanos.
Creer que la crisis de movilidad se resuelve democratizando el automóvil es el viejo error del siglo XX vestido con ropajes verdes para el siglo XXI. Puebla no necesita más vehículos circulando, sin importar si estos se alimentan de hidrocarburos o de electrones; lo que urge es una planeación que entienda que el derecho a la ciudad se garantiza moviendo personas, no acumulando láminas en los embotellamientos de siempre.
Escrito por Redacción Puebla En Línea
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