La celebración a San Isidro Labrador en San Francisco Ocotlán, que debía ser una jornada de fe y júbilo, terminó convirtiéndose en el prólogo de una pesadilla para cuatro familias en Coronango. Entre el polvo de los caminos de terracería y el eco de las sirenas, cuatro jóvenes de entre 16 y 20 años hallaron el final de sus días al fondo de la cantera “El Montero”, un abismo de 30 metros de profundidad que hoy guarda el secreto de una persecución que terminó en muerte.
Lo que inició como una noche de festejos se transformó en una huida desesperada. Según versiones de vecinos y familiares, los jóvenes viajaban a bordo de un Volkswagen azul con placas de Tlaxcala cuando una patrulla municipal de Coronango les marcó el alto. El alcohol y el ímpetu de la juventud se mezclaron para tomar la peor decisión: intentar escapar. La persecución, que se prolongó por varios minutos en la penumbra de la madrugada, concluyó cuando el vehículo perdió el suelo y se precipitó al vacío.
Claves de la tragedia en Coronango:
- Víctimas: Cuatro jóvenes (entre 16 y 20 años de edad).
- Lugar: Cantera “El Montero”, profundidad de más de 30 metros.
- Contexto: Salían de los festejos de San Isidro Labrador en San Francisco Ocotlán.
- Vehículo: Volkswagen azul con placas de Tlaxcala.
- Causa: Presunta persecución policial tras conducir de manera riesgosa.
La mañana de este sábado, el silencio de la cantera fue roto por los gritos de dolor de los deudos. Los cuerpos de emergencia laboraron durante horas para recuperar los restos de quienes, apenas unas horas antes, celebraban la vida. Sin embargo, la tristeza ha dado paso a la indignación: las familias denuncian que fueron notificadas del accidente con un retraso inexplicable, lo que ha sembrado dudas sobre el actuar de la policía municipal durante y después del incidente.
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Las autoridades de Coronango enfrentan ahora el reto de esclarecer si el protocolo de persecución fue el adecuado o si la presión de la patrulla fue el factor que empujó al Volkswagen al borde del precipicio. Mientras tanto, en Ocotlán, las veladoras que se encendieron para el santo patrón ahora alumbran las fotografías de cuatro rostros que no debieron despedirse tan pronto.
La muerte de estos jóvenes es una herida abierta que nos obliga a reflexionar sobre la responsabilidad tras el volante y el límite de la autoridad. En una persecución a alta velocidad por caminos de muerte, rara vez hay ganadores; solo quedan escombros, carpetas de investigación y el vacío insoportable que deja la ausencia en cuatro hogares poblanos.
Escrito por Redacción Puebla En Línea
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