La tragedia volvió a tocar las aguas de Valsequillo.
Después de cuatro días de lucha entre la vida y la muerte, Miguel Ángel Gutiérrez, de 42 años, perdió la batalla tras haber sufrido una intoxicación dentro de un pozo de más de 42 metros de profundidad en la presa Manuel Ávila Camacho.
Con su fallecimiento, ya suman dos trabajadores muertos por este accidente que dejó al descubierto las precarias condiciones laborales en las que operan muchas empresas contratistas en Puebla.
Una jornada de trabajo que terminó en tragedia
Todo ocurrió el miércoles 22 de octubre, cuando cinco empleados de la compañía Proyectos, Estudios y Servicios en Ciencias e Ingeniería Agrícolas S.A. de C.V. descendieron al pozo como parte de los trabajos de rehabilitación de la presa.
Lo que debía ser una jornada rutinaria terminó en caos cuando una acumulación de gases tóxicos los sorprendió bajo tierra.
“Se intoxicaron casi al mismo tiempo; no tuvieron oportunidad de salir”, relató un rescatista que participó en la operación.
En el lugar, Aarón, de 34 años, murió de manera inmediata. Los demás fueron rescatados por elementos de Protección Civil Estatal, quienes se enfrentaron a las mismas condiciones de riesgo para lograr subirlos con vida.
De los cuatro sobrevivientes, uno no requirió hospitalización, mientras que tres fueron trasladados de emergencia para recibir atención médica especializada.
Miguel Ángel fue el más grave… y aunque los médicos lucharon por mantenerlo con vida, murió cuatro días después, víctima del mismo aire envenenado que respiró dentro del pozo.
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Silencio institucional y falta de protocolos
Hasta el momento, ni la empresa contratista ni las autoridades estatales han emitido un posicionamiento oficial sobre las condiciones en las que se realizaban las labores de mantenimiento.
Versiones extraoficiales señalan falla en los protocolos de seguridad y ventilación, algo que podría haber prevenido la tragedia.
La presa Manuel Ávila Camacho —mejor conocida como Valsequillo— ha sido escenario de varios incidentes en los últimos años, muchos de ellos relacionados con omisiones en la supervisión de obras.
Los trabajadores locales aseguran que los equipos de protección son insuficientes, pero el trabajo escasea y “hay que entrar, aunque el aire queme”.
Una historia que se repite
Cada accidente laboral que termina en muerte no solo deja luto en una familia, sino un eco de impunidad. Miguel Ángel se convirtió en otra cifra, en otro nombre que se suma a la lista de quienes mueren trabajando.
Porque en México, a veces el salario se cobra con la vida.
Esta tragedia debería abrir una discusión profunda sobre la seguridad industrial y la responsabilidad empresarial, no solo en Valsequillo, sino en todo el país.
La muerte en el trabajo no puede normalizarse. Cada obrero que pierde la vida por negligencia institucional es una herida abierta en la conciencia colectiva.
Si trabajar sigue siendo una sentencia, entonces la justicia está respirando el mismo aire tóxico que ellos.
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