Por redacción Puebla En Línea
Lo que duele no es solo la violencia que nos mata, sino la indiferencia que nos mata un poco más. En medio de una semana marcada por el asesinato de una bebé de un mes y el ataque a una niña de siete años en Puebla, la ciudad se pintó de solidaridad con la niñez palestina. Hombres, mujeres y niños marcharon defendiendo una causa lejana, mientras en su propia tierra, la infancia era herida de muerte.
¿Dónde están las voces que claman por los niños de Puebla? Este silencio es el eco de una sociedad que prefiere mirar lejos y no enfrentar el dolor que pisa sus calles. Como diría Camus, la injusticia es más insoportable cuando habita el anonimato cotidiano.
En contraste, el activismo que se ensalza en redes y plazas parece perder rumbo, distraído por movimientos que, si bien reflejan luchas verdaderas, a veces olvidan que la primera batalla está aquí, en las colonias marginadas, en las mujeres y niños que sufren la violencia que otros niegan. La banalización del dolor propio mientras se abraza la causa global crea una grieta ética que solo alimenta la desunión.
La realidad que el gobierno quiere ocultar se manifiesta en hechos concretos: una red de funcionarios que manipulan discursos con likes y comentarios a su favor, una narrativa oficial que criminaliza a las víctimas y exculpa a los culpables bajo el eufemismo de “lucha entre crimen organizado”. ¿Y qué sentido tiene esa lucha cuando la muerte toca a los más inocentes?
No se trata solo de sumar tragedias, sino de gritar que la indiferencia se ha vuelto la verdadera plaga. El periodismo, ese “perro guardián” que Camus tanto defendió, debe ir más allá del relato numérico y tocar el tejido humano profundo que esta violencia deshilacha. Solo así podrá haber justicia para la bebé, la niña y tantos otros silenciados.
Si alguna vez te has sentido parte de un movimiento por la justicia social, reflexiona: ¿por qué no salir a luchar cuando las víctimas son las más vulnerables? La incoherencia no solo divide, también paraliza la esperanza.
El cambio exige conciencia, no solo críticas selectivas ni discursos maquillados. La violencia que ignoramos hoy es la que mañana nos devora a todos, esperemos que la memoria y la acción colectiva sean puente para un mañana distinto.
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