La muerte no siempre avisa, pero a veces se le espera en la puerta de quien debería evitarla. Un hombre de la tercera edad falleció el pasado viernes en el asiento de su vehículo, a escasos metros de la sala de urgencias, en un episodio que retrata la fragilidad del sistema de salud.
Como si se tratara de una escena de La Peste de Camus, donde la burocracia se vuelve más letal que la enfermedad misma, la tarde del viernes en Tehuacán se tiñó de indignación. Un adulto mayor, cuya identidad se reserva por respeto al duelo, exhaló su último aliento dentro de un coche blanco, mientras su familia imploraba una atención que llegó demasiado tarde.
Hechos clave del caso:
- Lugar: Exterior del Hospital General de Tehuacán.
- El antecedente: Llamadas al 911 que, según familiares, nunca fueron respondidas.
- La espera: El paciente fue enviado a “esperar turno” en su vehículo tras llegar a Urgencias.
- Desenlace: Paramédicos de Protección Civil confirmaron el deceso en la vía pública.
- Estatus: La Fiscalía General del Estado ya investiga una posible negligencia.
La secuencia de los hechos es un laberinto de omisiones. Todo comenzó en un domicilio de la avenida Daniel González; ante la urgencia, el teléfono de emergencias fue la primera opción, pero el silencio del otro lado de la línea obligó a la familia a improvisar un traslado por medios propios. Lo que siguió fue la indiferencia administrativa: a su llegada al hospital, la respuesta fue la fila, el turno y el reloj.
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Para cuando los paramédicos de Protección Civil llegaron al sitio, el cuerpo del hombre ya no respondía. Mientras los elementos de Seguridad Pública acordonaban el área, el aire en Tehuacán se llenaba de un reclamo sordo: el de una familia que vio morir a los suyos en la antesala de la esperanza. Carlos Fuentes decía que “la muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida”; hoy, ese espejo refleja las carencias de un servicio de salud que parece haber olvidado la urgencia de la vida.
La zona fue custodiada por la Fiscalía para las diligencias de ley, pero el expediente social queda abierto. No se trata solo de un fallecimiento, sino de la urgencia de humanizar protocolos donde un minuto es, literalmente, la frontera entre la vida y el adiós.
La muerte en la vía pública frente a un hospital no es un accidente, es un síntoma. Cuando el protocolo pesa más que el pulso de un paciente, la sociedad pierde mucho más que una vida; pierde la confianza en sus instituciones.
Escrito por Redacción Puebla En Línea
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