#Alminuto OPINIONES

Una historia más de despojo y defensa de la tierra en Puebla

Los nahuas de la Resurrección

Por Eliana Acosta Márquez

Actualmente los nahuas de la Resurrección están llevando a cabo una lucha en defensa de su tierra. A través del Comité por la Defensa de la Tierra y el Agua junto con el Barzón Poblano recurrieron al recurso de amparo para detener un proceso de despojo.

A principios de enero de 2018 algunos de los cerca de 450 nahuas de la Resurección que son propietarios de 170 hectáreas donde se cultiva la mayor parte de maíz de la comunidad, acudieron como cada año al Catastro Municipal para pagar su impuesto predial, trámite que no pudieron llevar a cabo en razón de que el sistema no lo permitió, “estaba congelado”.

Al multiplicarse la misma situación se reunieron los campesinos y con apoyo del Barzón Poblano encontraron que el congelamiento de su predial tenía una razón: la propiedad de sus tierras eran adjudicadas a otro, un tal Carlos Juárez Camacho, que desde 2014 con Moreno Valle y con apoyo del actual gobernador Antonio Gali, fue otorgada una escritura sobre 170 hectáreas ubicadas en la Resurección.

Esta población nahua, que se encuentra al norte de la Ciudad de Puebla, constituye actualmente una Junta Auxiliar habitada históricamente por población nahua, del total de 9065 habitantes, el 85,36% de la población es indígena, y el 49,74% de los habitantes es hablante de náhuatl (Gobierno Municipal de Puebla, 2010).

Su origen es anterior a la Conquista, en particular, antes de la fundación de la Ciudad de Puebla, y es posible rastrear desde una perspectiva histórica y antropológica una continuidad histórica en el territorio y permanencia de una tradición cultural e instituciones propias.

Un juego de pelota prehispánico que se encuentra en buen estado y hoy día abierto al público da cuenta que esta localidad está habitada desde hace 1, 800 años. Presumiblemente lo estuvo primero por población olemeca-xicalanca y después en el Posclásico por tolteca-chichimecas. Durante la época prehispánica se conocía la Resurrección como Tepetitla y tributaba al Señorío de Cholula.

Desde esta zona se vigilaba la frontera con Tlaxcala y se destinaba guerreros para enfrentar la posible llegada de pueblos invasores, como los mixtecos o popolocas (Carillo, 1993: 48).

Con la llegada de los españoles la evangelización estuvo a cargo de los franciscanos, quienes en el siglo XVI nombraron a la población como Nicolás Tepetitla pero en el siglo XVII la designaron como Resurrección a partir de la edificación de su Iglesia en nombre de esta advocación de Cristo (Pérez Macuil, 2018).

Con el nombre de la Resurrección es posible rastrear una historia de litigio de tierras entre los originarios y españoles dueños de haciendas alrededor, especialmente de la Hacienda de Manzanilla, frente a la cual los nahuas se mantuvieron en resistencia ante la invasión de sus tierras por parte de la familia Colombres (de la cual hoy día se recuerda en la comunidad).

En el contexto de la Revolución Mexicana vivieron una situación de violencia que mermó significativamente la población.

​Durante la Posrevolución los nahuas serían restituidos y dotados de tierras, sin embargo, la disputa con la Hacienda Manzanilla continuó y en el siglo XX se dieron dos procesos que afectaron significativamente su integridad territorial: por una parte, si bien en 1824 la Resurrección se designara como Ayuntamiento, el cual abarcaba Totimehuacan, Hueyoltlipan y San Miguel Canoa, en 1962 estas poblaciones se anexaron al Municipio de Puebla como Juntas Auxiliares (García, 2012). Esta adhesión implicó la expansión de la Ciudad de Puebla a costa de los pueblos originarios, proceso que se facilitó con la reforma al Artículo 27 que permitió el tránsito de tierras ejidales a pequeña propiedad y su posible enajenación. La venta de terrenos facilitó la expansión de la ciudad y la pulverización de los bosques del Valle de Puebla-Tlaxcala, albergando la cuarta Zona Metropolitana con más aglomeración del país.

​Una imagen es especialmente significativa de esta situación: precisamente entre la zona industrial de la Ciudad de Puebla y la población ya urbanizada de Resurrección, se encuentran las 170 hectáreas cultivadas ahora en disputa. Los nahuas de la Resurrección son campesinos y viven del maíz, de su cosecha elaboran las tortillas y las gorditas que elaboran las mujeres pero que su proceso de producción involucra una economía familiar de la que depende aproximadamente el 80% de los habitantes. Además son ellos los que proveen de tortillas de excelente calidad a los habitantes de la Ciudad de Puebla, ya que todas las mañanas salen muy temprano las mujeres con sus chiquihuites para vender en diferentes partes de la ciudad. De esta tradición se deriva la Feria de la Gordita en la cual los asistentes pueden degustar gratuitamente de este “antojito tradicional poblano” hecho por las mujeres nahuas con el maíz nativo de la Resurrección. Sin embargo, este año 2018 perdieron su cosecha a causa de otro acto de autoridad que afectó a los pueblos originarios y campesinos al otorgar el permiso a la empresa automotriz Volkswagen para usar un tipo de bombas con el fin de evitar que una eventual caída de granizo dañe su producción de vehículos, los cuales son almacenados en los patios de la planta. En lugar de construir techos apropiados que protejan los carros usaron estos dispositivos antigranizo, los cuales argumentan los afectados, violentaron el ciclo de lluvias y no permitieron que el maíz creciera como cada temporada.

​Siendo estudiosa de los nahuas, lo primero que llamó mi atención al entrar en diálogo con los habitantes de la Resurrección fueron los usos de los términos en náhuatl, así como los rituales en torno a la tierra y los santos, la asociación entre el agua y el cerro, las formas de organización ceremonial y el saber sobre el maíz. Temas para mí familiares y conocidos a partir de mi experiencia entre los nahuas de Milpa Alta y de Pahuatlán de la Sierra Norte de Puebla que dan cuenta de una tradición cultural de larga duración en el tiempo. Este marco me permitió distinguir que este pueblo ya urbanizado al ser despojado de sus tierras de cultivo, además de ser arrancada su base material de su subsistencia (ya que la mayor parte de las familias viven de la venta de las tortillas y gorditas que preparan con el maíz que se cultiva en la Resurrección), se sustraía del vínculo con la tierra y de una práctica y un saber milenario en torno al maíz que los ha constituido en su devenir e identidad.

​Desde el Cerro del Marqués es posible vislumbrar la conjunción de distintos espacios y tiempos condensados en ese presente: primero, está a la vista buena parte del Valle Puebla-Tlaxcala, que desde ahí se puede imaginar con dificultades el paisaje sin la mancha urbana, destacando el Cerro de la Malinche; también desde ahí se vislumbra la impronta del pasado prehispánico por el juego de pelota con 1800 años de antigüedad (nombrado por el INAH Zona Arqueológica Manzanilla y Patrimonio Cultural de Puebla y la Nación) y la marca de la conquista y la evangelización con el templo de San Nicolás que, rememoran los nahuas, está sobre un ojo de agua. También desde ahí se distingue el contraste y la contradicción radical de lo que actualmente se disputa: los campos de cultivo, espacio donde también se encuentra el panteón, en colindancia y radical contraste con las nuevas colonias y la zona industrial de la ciudad, de la cual se distingue la planta de la Volkswaguen y no muy lejos el estadio que mando hacer Moreno Valle que los nahuas llaman el chiquihuite.

La ciudad de Puebla, como otras tantas ciudades del país, ha crecido a costa de los pueblos originarios. Cuando se estableció México como nación independiente, la Resurrección se estableció como Ayuntamiento independiente junto con otras comunidades indígenas. Al igual que la Colonia durante el siglo XIX y XX los nahuas –como lo acreditan los documentos y la historia oral- se vieron envueltos en litigios por linderos de tierras, y en particular en la Revolución la defensa de sus tierras en contra de la familia Colombres, propietarios de la Hacienda Manzanilla, fue muy cruenta y dejó significativamente mermada a la población. Después de la lucha armada y la implementación de la Reforma Agraria con el Estado Posrevolucionario, los nahuas fueron dotados y restituidos de tierras, sin embargo, está no se concretó de manera que la lucha por la defensa de la tierra continuó a lo largo del siglo XX.

​Dos momentos fueron especialmente significativos de la segunda mitad del siglo pasado que quisiera subrayar: por una parte, la anexión de la Resurrección como Junta Auxiliar del Municipio de Puebla en 1962 implicó pérdida de autonomía y facilitó la expansión de la Ciudad de Puebla; por otra parte, a partir de la Reforma del Art.27, los nahuas pudieron optar por el tránsito del ejido a la propiedad privada y esto abrió la posibilidad de venta de terrenos, desde entonces la llegada de avecindados de origen migrante se acrecentó y la zona industrial se expandió.

Bajo esa perspectiva histórica debe verse la pérdida de tierras, y dar cuenta que la actual amenaza que vive la Resurrección se da en un proceso de larga duración en el tiempo, en el cual los nahuas han defendido durante varios siglos su territorio. Pero hay un punto que quisiera destacar y con el cual quisiera cerrar: si se concretara el despojo de las tierras de cultivo, los nahuas no sólo se verían sustraídos de uno de sus principales sustentos económicos, sino también dejaría de ser un pueblo agrícola, quebrantando así el vínculo ancestral con la tierra y el maíz y violentando la organización comunitaria y tradición festiva.